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Transición energética

La infraestructura del hidrógeno: el eslabón perdido en la transición energética

03/31/2026 - 09.00 AM
Infraestructura de hidrógeno

Sin infraestructura, el hidrógeno sigue siendo una promesa

En los últimos años, el hidrógeno ha pasado de ser un vector energético de nicho a convertirse en un pilar estratégico de las políticas energéticas mundiales. Los gobiernos, las instituciones y la industria lo consideran una herramienta clave para descarbonizar sectores difíciles de electrificar —desde la industria pesada hasta el transporte de larga distancia— y las inversiones anunciadas no dejan de crecer. Sin embargo, a pesar del fuerte impulso en el ámbito de la producción, el mercado del hidrógeno sigue teniendo dificultades para ir más allá de la escala de los proyectos piloto (salvo un número limitado de iniciativas a gran escala diseñadas para el uso in situ).

La razón es cada vez más clara: la principal limitación ya no es puramente tecnológica, sino infraestructural.

Tal y como han destacado la Agencia Internacional de la Energía y el Consejo del Hidrógeno, existe actualmente un desajuste estructural entre la capacidad potencial para producir hidrógeno —en particular, hidrógeno renovable— y la capacidad para transportarlo, almacenarlo y distribuirlo de manera eficiente y a gran escala. En otras palabras, el hidrógeno se puede producir, pero no siempre se puede suministrar donde se necesita, cuando se necesita y a un coste competitivo.

A diferencia de otras fuentes de energía, el hidrógeno aún no se beneficia de una red de infraestructuras madura. El gas natural, por ejemplo, se ha desarrollado a lo largo de décadas gracias a una inversión sostenida en gasoductos, terminales y sistemas de almacenamiento. El hidrógeno, por el contrario, se encuentra todavía en una fase en la que estas infraestructuras deben construirse —o reconvertirse— casi desde cero, a menudo en paralelo con la aparición de la demanda.

Esto crea una dinámica circular que ralentiza todo el sistema: sin infraestructura, la demanda no se desarrolla; pero sin demanda, es difícil justificar inversiones en infraestructura a gran escala.

El resultado es un ecosistema fragmentado, en el que muchos proyectos siguen limitados a contextos locales o regionales, sin conectarse a redes más amplias. Incluso en entornos más avanzados, como la Unión Europea, las estrategias promovidas por la Comisión Europea —desde los corredores de hidrógeno hasta los planes para una «Red Troncal Europea de Hidrógeno»— ponen de relieve lo fundamental que es el reto de las infraestructuras y lo mucho que aún está en fase de desarrollo.

Las cuatro dimensiones de la infraestructura del hidrógeno

Para comprender plenamente el papel de la infraestructura del hidrógeno, es necesario ir más allá de una visión lineal de la cadena de valor y adoptar una perspectiva sistémica. El hidrógeno no se limita a «producirse y utilizarse»: entre estos dos extremos se extiende una compleja cadena de infraestructuras, estructurada en torno a cuatro dimensiones fundamentales: producción, transporte, almacenamiento y distribución.

La primera dimensión es la producción. En los últimos años, la atención se ha centrado principalmente en el hidrógeno renovable, producido mediante electrólisis utilizando energía procedente de fuentes renovables. En este contexto, el reto ya no es puramente tecnológico, sino también geográfico y sistémico: la producción tiende a ubicarse donde la energía renovable es abundante y de bajo coste, a menudo lejos de los principales centros de demanda industrial. Esto hace inevitable el desarrollo de infraestructuras de transporte a media y larga distancia.

El transporte, en particular, representa una de las dimensiones más críticas. Las opciones disponibles —gasoductos específicos, reconversión de las redes de gas existentes, transporte por carretera o ferrocarril, o transporte marítimo en forma de hidrógeno líquido o de portadores químicos como el amoníaco y el metanol— difieren significativamente en términos de coste, escalabilidad y madurez tecnológica. Tal y como destaca la Agencia Internacional de la Energía, la elección de la solución de transporte no es neutra: afecta directamente a la competitividad económica del hidrógeno y a la configuración de las futuras cadenas de suministro.

Junto al transporte, el almacenamiento representa otro reto central en materia de infraestructura. A diferencia de otras fuentes de energía, el hidrógeno es difícil de almacenar de manera eficiente: requiere compresión a alta presión, licuefacción a temperaturas extremadamente bajas o el uso de formaciones geológicas subterráneas. Cada opción implica compensaciones en términos de coste, seguridad y capacidad. Sin sistemas de almacenamiento adecuados, sin embargo, resulta imposible gestionar la variabilidad de la producción de energía renovable y garantizar la continuidad del suministro.

Por último, la distribución representa el último eslabón de la cadena. Se refiere a la capacidad de suministrar hidrógeno a los usuarios finales —aplicaciones industriales, de movilidad y energéticas— a través de redes locales, centros industriales o infraestructuras específicas. En muchos casos, tal y como señalan el Hydrogen Council y la Clean Hydrogen Partnership, el desarrollo de centros de hidrógeno y clústeres regionales es actualmente la solución más pragmática: concentrar la producción, la demanda y la infraestructura en áreas geográficas limitadas para superar las restricciones de escala iniciales.

Estas cuatro dimensiones no son independientes, sino que están profundamente interconectadas. Una limitación en la capacidad de transporte puede hacer que una planta de producción sea ineficiente; un almacenamiento insuficiente puede comprometer la estabilidad del suministro; la ausencia de infraestructura de distribución puede impedir que surja la demanda. Por eso, como se destaca sistemáticamente en los informes internacionales, el hidrógeno no puede desarrollarse a través de componentes aislados, sino que requiere un enfoque integrado a lo largo de toda la cadena de valor.

El verdadero cuello de botella: el transporte y el almacenamiento a gran escala

Si bien la producción de hidrógeno se está acelerando de forma significativa, no puede decirse lo mismo de la infraestructura necesaria para transportarlo y almacenarlo a gran escala. Es aquí donde surge el principal cuello de botella de toda la cadena de valor: el transporte y el almacenamiento no solo son técnicamente complejos, sino que también requieren una inversión considerable, largos plazos de ejecución y un alto grado de coordinación entre los actores públicos y privados.

El transporte, en particular, representa un reto estructural. A diferencia del gas natural, el hidrógeno tiene propiedades físicas que hacen que su manejo sea más difícil y costoso: tiene una densidad energética volumétrica mucho menor, puede provocar la fragilización de los materiales y requiere condiciones específicas para su compresión o licuefacción. Esto limita el uso directo de la infraestructura existente e impone decisiones tecnológicas nada triviales.

Otro factor crítico es el desfase temporal entre el desarrollo de la capacidad de producción y el despliegue de la infraestructura de transporte. Mientras que las nuevas plantas de electrólisis pueden construirse en pocos años, las redes de infraestructura requieren plazos significativamente más largos, a menudo debido a complejos procesos de obtención de permisos e inversiones que son difíciles de justificar sin una demanda consolidada. Esto crea un efecto de «espera mutua» que ralentiza todo el sistema.

El almacenamiento plantea retos igualmente importantes. El hidrógeno puede almacenarse en forma comprimida, licuada o en formaciones geológicas subterráneas, pero ninguna de estas soluciones es de aplicación universal. La compresión requiere energía e infraestructura específica; la licuefacción implica temperaturas extremadamente bajas (alrededor de −253 °C) y altos costes; el almacenamiento geológico ofrece gran capacidad, pero está limitado por la disponibilidad de emplazamientos adecuados y requiere cuidadosas evaluaciones de seguridad y medioambientales.

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Producción descentralizada: una respuesta pragmática a las limitaciones de infraestructura

En un contexto en el que las infraestructuras de transporte y almacenamiento siguen constituyendo un cuello de botella, la producción descentralizada de hidrógeno se perfila como una solución pragmática que permite poner en marcha aplicaciones ya en la actualidad. Los sistemas de electrólisis a escala relativamente pequeña —desde unos pocos megavatios hasta capacidades modulares más amplias— permiten producir hidrógeno directamente en el punto de uso, lo que reduce la dependencia de redes de distribución que aún son limitadas o inexistentes. Este enfoque es especialmente relevante para aplicaciones industriales específicas o en contextos en los que la demanda es localizada y continua, lo que ayuda a superar las limitaciones relacionadas con el transporte a larga distancia y el almacenamiento.

Aunque no sustituye la necesidad de infraestructuras a gran escala, la producción in situ representa una palanca inmediata para acelerar la adopción del hidrógeno, reduciendo la complejidad logística y acortando los plazos de implementación.

Reutilizar en lugar de construir: el papel estratégico de las infraestructuras existentes

Si bien el desarrollo de nuevas infraestructuras es una condición necesaria para la economía del hidrógeno, depender exclusivamente de activos de nueva construcción conlleva el riesgo de ralentizar aún más la transición. Los largos procesos de obtención de permisos, los elevados gastos de capital y la incertidumbre en torno a la demanda dificultan, a corto plazo, el despliegue de redes completamente nuevas. En este contexto, la reutilización de las infraestructuras existentes se perfila como una palanca estratégica para acelerar el desarrollo del sistema.

Una de las áreas más relevantes son las redes de gas. En Europa ya existe una amplia infraestructura de gasoductos que, en algunos casos, puede adaptarse para transportar hidrógeno o mezclas de hidrógeno y gas natural. Según la Comisión Europea, una parte significativa de la futura red europea de hidrógeno —la denominada «Hydrogen Backbone»— podría basarse en la conversión de los gasoductos existentes, con claras ventajas en términos de costes y plazos de implementación.

Sin embargo, la reconversión no está exenta de retos. El hidrógeno interactúa con los materiales de forma diferente al gas natural y puede provocar fenómenos como la fragilización de los metales, lo que requiere evaluaciones técnicas exhaustivas y, en algunos casos, la sustitución de componentes.

Más allá de los gasoductos, los puertos, las terminales y los centros industriales también desempeñan un papel clave. Estos nodos de infraestructura, que ya son fundamentales para los flujos energéticos y logísticos, pueden transformarse en puntos de entrada, conversión y distribución de hidrógeno y sus derivados. En particular, los puertos se están convirtiendo en interfaces estratégicas entre la producción y el consumo, especialmente en el contexto de las futuras cadenas de suministro globales basadas en el hidrógeno líquido o en portadores como el amoníaco y el metanol.

Desde esta perspectiva, la reconversión no es meramente una solución técnica, sino una elección estratégica. Permite tender un puente entre el sistema energético actual y el futuro, optimizando los activos existentes y reduciendo al mismo tiempo el riesgo de inversiones perdidas.

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